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Ni buenos ni malos

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“No me gustan los paisajes, ni las cosas; amo a las gentes, me intereso por las ideas, los sentimientos”. François Truffaut.

Escrito por Leandro Hernández

En Rififi (1955) no se ven ni buenos ni malos, solo unos personajes que se rigen bajo unos códigos que moralmente no son aceptados, bueno, éticamente tampoco pueden ser aceptados; códigos como por ejemplo el asesinato a los soplones por venganza, “el soplón”, un personaje tan característicos del Cine Negro. Uno llega a sentir simpatía con esos personajes que se debaten en las sombras, en las calles oscuras, en la penumbra, porque son seres humanos que se han visto envueltos en circunstancias desgarradoras, seres solitarios al mismo tiempo y que se ven inmersos en un universo hostil, de hampa, no son héroes, pero tampoco son villanos, porque al igual que ellos hay muchos otros que nos muestran de frente lo más oscuro de los humanos.

Tony (Jean Servais), es un hombre que ha salido de la cárcel después de 5 años por robo, se cree viejo, que ya no sirve para el hampa, o por lo menos no para “golpes” fuertes, y responde de esta manera ante la propuesta de dos de sus amigos, Jo (Carl Möhner) y Mario Ferrati (Robert Manuel) de entrar a una joyería y hacer un robo millonario, pero Tony no acepta, porque, repito, se siente acabado, “ya no puedo correr tan rápido” dice. Pero el que no corre vuela y así sale corriendo a reencontrase con su antigua mujer, quien ahora está con una especie de gigolo; y es ella, quien llevando a Tony al despecho, al mismo tiempo lo lleva a aceptar a ser parte del robo. Vale aclarar que éste despecho no pasa por las lágrimas y el patetismo, sino más bien es una mezcla de rabia y dolor que termina en una violencia descarada y descarnada contra la mujer, pero también es válido decir que el amor entre los dos sigue más fuerte, leal.

La escena del robo me parece una de las escenas más potentes que he visto en el cine, claro, ahora hay muchas películas que tienen que ver con robos sensacionales, truculentos, pero no, no hay duda que no logran lo que logró Jules Dassin en ésta película. Cuando Tony, Jo, Mario y un cuarto integrante (César el milanés, interpretado por el mismo Dassin) irrumpen en un apartamento, para luego abrir un hueco y entrar por la parte de arriba a la joyería. Contamos alrededor de media hora en la que nadie habla, no hay un solo diálogo hablado. Se dicen muchas cosas, muchas, pero ninguna hablada, todo son señas, que se funden en la oscuridad, en las sombras, como en las películas de Murnau y de casi todas las del expresionismo. Un robo bien planeado, que sale como esperaban, un secuencia maravillosa que nos hace esperar, porque no me cabe duda que no hay una persona que no quiera que el robo se logre, todos lo queremos, y no porque consideremos que es bueno o malo robar, sino porque en ese momento la película nos ha sumergido en una especie de suspenso, de espera fatal; los muchachos están haciendo un trabajo formidable e inolvidable, y sería una pena que fallaran. Ese silencio de la noche que se mezcla con el robo, por ahí suenan sirenas, algunos carros, el tacón de los zapatos de un policía que vigila, y nadie, nadie se imagina que adentro se está haciendo una verdadera obra del hampa, un robo que pasará a la historia. En mi humilde opinión, el mejor robo, o por lo menos el mejor robo que he visto, porque no es solo verlo sino sentirlo, como si también estuviéramos ahí metidos, en ese apartamento y luego en la joyería y luego escapar con ellos, con el corazón en la mano por tanta adrenalina.

Es tan simpático todo ese universo que nos presenta Jules Dassin, que por eso digo que no hay ni buenos ni malos, porque así como nosotros, espectadores, somos solo seres que nos regimos bajo unos códigos, que se establecen con previo acuerdo o no. Los personajes de ésta película son seres oscuros, rudos, no solo los hombres, las mujeres también, así como en muchas otras películas, las mujeres juegan un papel determinante. Son madres, son hermanas, son bailarinas, son prostitutas, pero tarde o temprano son ellas las que funcionan como un catalizador que lleva al hombre a tomar decisiones acertadas o no tanto, como en Rififi, donde es gracias a una mujer que vemos a Tony de nuevo en el ruedo, y se hace evidente esa frase mítica de Godard: “Para hacer cine, solo se necesita un arma y una mujer.” Antes que criminales, que ladrones, que seres violentos, veo unos seres humanos inmersos en un mundo de violencia, en el que cualquiera de nosotros podría estar inmerso. Seres humanos que no son héroes, son más bien unos antihéroes, que se estrellan a la vez, con esa sociedad hipócrita y mojigata.

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