la belleza del gesto

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Escrito por Juan Camilo Moreno

Todo es un juego. Todo es actuación. En cualquier lugar están la cámara y el micrófono escondidos. Las bombillas, los postes, las esquinas y las señales de tránsito son puestos adrede para captar el performance, el momento, la acción dramática.

Holy Motors da cuenta de la labor personal del actor que es cada ser humano. Desde que sale de casa se topa con diferentes papeles o roles que debe cumplir; compromisos, citas, encuentro fortuitos, ¿en qué momento no nos ponemos la máscara y actuamos? ¿somos algo de cada uno y algo de los otros? Un hombre es todos los hombres. Un drama es todos los dramas. Una muerte, un asesinato, un mendigo, un loco, un padre, todo es igual, todo ya está escrito.

Y es que los otros también son actores. El rostro de los demás nunca será real, o al menos eso no lo podremos saber. Están actuando. Cada uno con su rol, cada uno con su película.

Drama, comedia, suspenso, amor, muerte, violencia, misterio, musical, soledad, placer, tantos adjetivos que el actor encarna y que todos encarnamos día a día. Todo esto está ahí, en nuestro rostro, cuando nos arreglamos el cabello frente al espejo, cuando vemos que alguien viene hacia nosotros y debemos cambiar, debemos ser otro. A fin de cuentas, ¿quién soy yo? ¿quiénes son ustedes?

Si ya no hay espectadores es porque el mundo ya se habitúo al espectáculo y a la irrealidad, sólo queda el placer personal de mentir, de saber que lo hemos hecho bien sin que el otro se haya enterado. Queda el placer personal de entrar en cada papel y vivirlo.

En la primera secuencia interpretada por el mismo Leos Carax este se despierta en su cueva y asiste a un teatro donde los espectadores están todos dormidos. Quizá ya no vean nada nuevo sobre la pantalla y eso los llevó al aburrimiento y al ensueño. ¡El teatro está afuera! Ni nosotros mismos conocemos nuestro rostro sin maquillaje. Hay que andar por la vida actuando y buscando papeles que nos enseñen del dolor y la soledad, del amor y del dejarlo ir. Somos personajes tratando de vivir en un mundo donde ya no hay nada nuevo que ver y donde todos lo que se esperaba por encontrar, por descubrir en la pantalla, en la ciencia, en nuestras vidas, aparece y no sabemos ya si es cierto. Hay que buscar, interpretar, tenemos que negarnos, reinventarnos, mentir, falsear, mutar, todo por vivir, todo por conocer, todo por conocernos.

Holy Motors representa el amor por contar historias, la necesidad que cada uno tiene porque le muestren algo más, porque lo encanten con mentiras o realidades traducidas en imagen en movimiento. Durante la película podemos ver varios planos filmados por Étienne Jules Mary, uno de los precursores del cinematógrafo en el siglo XIX. Estos planos, además de la intención anatómica y fotográfica de Jules Mary –quien era médico-, son una alegoría al movimiento, un homenaje a la representación y una muestra de la identificación que el espectador de cine puede sentir con las imágenes que visiona. Esas manos y esos cuerpos son idénticos a los de cada ser humano. Hoy a finales del 2012 nos sentimos identificados con esas manos al igual que lo hicieron las personas de la década de 1890 al enfrentarse al mismo espectáculo. En palabras de Leos Carax la peli habla de “la experiencia de estar vivo”, y en palabras de Denis Lavant, su camaleónico intérprete, la peli es la “trayectoria de la vida”. Ningún rol no es ajeno, ningún cuerpo, ninguna situación.

Cada lugar cobra un nuevo y vivo sentido que va de la mano con cada interpretación del Señor Oscar. La iglesia, la calle transitada y el callejón escondido, el automóvil, el inframundo, todos espacios que existen y que de seguro, en este momento, son poblados y recreados por viejas mendigas, ladrones, padres, asesinos, todos seres reales que re interpretan día a día lo que Holy Motors representa: la vida, su transcurrir, sus matices, su incoherencia narrativa, y su necesario deseo y motor de cambio. El único espacio que es constante es la limusina en al que se transporta el Señor Oscar. Para mi representa la intimidad, ese único lugar en el que no debemos actuar, en el que podemos estar quietos y pensativos. Pero esa limusina carece de vida, de alguna manera. No es más que un vehículo que nos transporta diaria e  ininterrumpidamente hacia la vida y hacia los momentos que realmente constituyen nuestro día a día. Dentro de la limusina el Señor Oscar tiene sus vestidos, su maquillaje, todo lo necesario para salir a trabajar y darse el placer y el lujo de hacerlo por la belleza del gesto. Él y su espejo son la antesala al espectáculo. El Señor Oscar y Denis Lavant comprenden su personaje mientras se maquillan; es sólo maquillarse, cambiar de pelo y vestirse para poder adoptar un nuevo papel.

Lo que es cierto es que al ver Holy Motors el espectador no es un dormilón. La película lo incluye tremendamente. Es imposible verla sin preguntarse qué es lo que está sucediendo ¿quién es Oscar? ¿él no nos representa a todos? ¿cuál será su última cita? No se pueden cerrar los ojos frente a esta obra misteriosa y encantadora.

El teatro y la representación son inseparables de cada momento. Incluso en el intermedio de una cita del Señor Oscar este encuentra a Eva Grace, una vieja amiga o amante interpretada por Kylie Minogue. A pesar de que ninguno de los dos ha entrado “en escena”, es imposible que dejen de actuar. Es imposible que el encuentro les duela, les afecte sentimentalmente. Luego, cuando ya Eva Green cumplió con su papel y el Señor Oscar es un espectador de esa interpretación, es imposible nuevamente que a él no le afecte lo que ha sucedido, así haya sido mentira, así haya sido un espectáculo. Las imágenes, reales, falsas, sobre una pantalla o sobre un escenario real, siempre serán conductoras de nuestros sentimientos.

Los santos motores están entre nosotros. La cita en la que el Señor Oscar recrea unos efectos especiales junto a una contorsionista, ambos vestidos de sensores de movimiento alrededor de todo el cuerpo nos habla de la tecnología y nos hace cuestionarnos acerca de los modos de representación, de que estos no se limitan únicamente a la representación real y física sino que las máquinas y otro nivel de realidad, ya virtual, ya más falso, también habita y convive con el teatro humano.

El final, quizá lo más genuino, lo más absurdo, o lo más teatral, no fue apreciado por nadie. Nadie estuvo ahí para verlo ni escucharlo. El teatro sigue, la farsa sigue, la búsqueda individual continúa. Incluso los motores mienten, se esconden, y actúan frente a nosotros. La chofer y secretaria Céline –interpretada por Edith Scob- sale de la bodega con una máscara que referencia a “Los ojos sin rostro” (Georges Franju – 1960). Más máscaras, más cine, más enigma, y una clara película que nos dice que actuar es el vehículo necesario para contarnos y expresarnos.

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¿cual es su papel?

Escrito por Leandro Hernández

Holy Motors es una película  dirigida por Leos Carax que da  giros, que muestra  consecuencias,  que se convierte así mismo en una película maravillosa, una película que habla sobre las diferentes identidades que el ser humano adopta según los contextos, según los espacios, según la época. El ser humano está en una búsqueda constante de dicha identidad, pero al final ha tenido tantas que simplemente ya no sabe cuál es la verdadera y los demás asimilan que s una, pero en realidad es otra totalmente diferente. Así pasa con Holy Motors,  en la que se muestran diferentes historias, desde diferentes personajes interpretados por el mismo actor (Denis Lavant) que encarna el personaje de “Oscar”, mostrándonos ese afán interior de los seres humanos por encontrarnos al mismo tiempo que vamos actuando al pasar los días. Antes que nada todos somos eso, actores, que vamos por la vida mostrando diferentes facetas, diferentes momentos, diferentes reacciones. Creamos diferentes papeles y nos disfrazamos según convenga, pero lo más importante es que llevamos ese disfraz con seriedad, no se puede llevar un disfraz de forma banal e irrespetuosa, porque entonces se corre el riesgo de ser descubierto, como actores debemos ser discretos y respetuosos frente a lo que llevamos puesto, frente al personaje que vamos creando, como nosotros, que esta noche nos ponemos el disfraz de cineclubistas,  de una forma honesta para aportar a la cultura, para aportar a partir de algo que simplemente nos apasiona.

En cuanto al absurdo me refiero a que es una película que utiliza esta herramienta, este lenguaje, para trasportarnos de inmediato a ese cine de antaño, para llevarnos por un viaje a ese terreno de lo fantástico que el cine puede brindar, y que con el tiempo ha sido tocado por la tecnología que hace las cosas más fáciles pero en contenido más banal, por supuesto que no todo, porque el avance de la tecnología ha abierto muchas puertas y otras perspectivas de abordar el audiovisual. Pero Carax nos pone de frente ante la imagen de un cine que se ha olvidado, que como espectadores estamos dormidos o muertos, no sabría con precisión, por ese plano en la primera escena cuando es el propio Leos Carax quien se levanta de su cama, abre una puerta escondida entre una pared y sale a una sala de  cine en donde vemos a unos espectadores frente a una pantalla, recostados en sus sillas, inmóviles, esta es la imagen de nosotros como espectadores, frente a lo que llega a esas salas de cine más comercial, que no está mal, pero que en su mayoría es un cine que no aporta a la cultura, pero tiene un aporte “generoso” para las distribuidoras y productoras, pero a un precio muy alto, el de mantenernos recostados y sumisos frente a la pantalla.

Las imágenes de un cine antiguo, me refiero a ese primer cine que se encargó de dar cuenta de lo nuevo, de ese cine que mostraba las maravillas de un nuevo dispositivo que daba la sensación de movimiento a partir de imágenes fijas, pero que reproducidas en secuencia daban esa sensación. Dichas imágenes dentro de la película, vienen a dar cuenta de un pasado, que no sé si mejor o peor, porque no es lo importante,  lo importante es ver como el cine ha pasado por un cambio, por una transformación que se evidencia precisamente en esos dispositivos, que avanzan y que siguen dando cuenta de la imagen en movimiento. Ahora en las salas podemos ver esas imágenes que salen de la pantalla y con colores y texturas muy bien definidos, ¿pero las historias?

Es una película que por su narrativa, se puede tornar difícil de comprender, pero esto no está mal, porque estamos al mismo tiempo frente a una imagen impecable, frente a una historia que nos provee de un valor metafórico importante para comprender ciertas cosas a las que como seres humanos estamos expuestos, como el caso de la limusina, en donde Oscar lleva su casa, ahí lleva todos sus implementos laborales así como personales y esto es la muestra de esa tecnología que nos facilita la vida pero al mismo tiempo nos flagela, nos aleja un poco de lo real, de lo que está afuera. Por otra parte, la imagen de “Oscar” matando al propio “Oscar” pero encarnando otro personaje, ese momento en el que toca dejar interpretaciones atrás, o que al final, es la muestra de que una u  otra persona, son  la misma. Imágenes que son retenidas, por el hecho de que nos sentimos identificados, porque Holy Motors habla de cine, pero no es una película sobre el cine, es una película sobre los seres humanos en relación con su entorno, con su contexto contemporáneo, solitario, egoísta, narcisista, que lo solicita a gritos la contemporaneidad, esa es la naturaleza de la misma y de todos estos avances.

Holy Motors es una película pesimista en medio de su belleza, es un pesimismo bello, porque nos muestra la decadencia a medida que van avanzando las historias pero al final llega esa belleza, la imagen de un actor cansado, que llega a su “casa”, o mejor la impuesta para que interprete el ultimo papel del día, y vemos a este personaje cansado, dolorido, acabado, pero que sigue adelante, con su interpretación por puro amor a su trabajo.

En algún momento pensamos que solo actúa un personaje, pero de un momento a otro no sabemos en que momento dejan de actuar, o si de verdad lo dejan, al parecer siempre están actuando, cada uno de los personajes, que actúan hasta su propia muerte y creemos que pasa algo pero está pasando otra cosa, esta es una de esas maravillas de la película que nos mantiene pendientes porque creemos que sabemos, pero de repente no sabemos nada, solo que la película sigue y nosotros ahí, seguimos con esta, en nuestro papel de espectadores, por cierto muy bien interpretado.


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