cine, la vida que nos rodea

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Escrito por Juan Camilo Moreno

El acto de filmar se convierte en una necesidad. Como diría Michael Haneke acerca de “Benny´s Video” (1992), al grabar o tomar la fotografía de algo, creemos que somos dueños de ese momento, del lugar, las personas y los objetos que aparecen dentro del encuadre.

Este ejercicio cinematográfico de correspondencias filmadas nos enseña un nuevo lenguaje que quizá no es tan ajeno a ninguno de los que haya tenido una filmadora o una cámara fotográfica en sus manos. Cada uno, con alguno de estos dos elementos, encuadramos y registramos cosas que nos interesan, personas, charlas, silencios, espacios citadinos que como en las “vistas” de los hermanos Lumière dan cuenta de la realidad y del día a día en el que vivimos. Son representaciones documentales de cómo nuestros ojos y nuestro juicio subjetivo se enfrentan a una realidad visual y sonora; el acto de filmar se convierte en una elección de lugar, tiempo y espacio, por donde desfilan un resto de señales que vienen por azar caminando por las calles o pasando frente a nuestra casa.

Lo que hace novedoso este lenguaje es la cuestión de correspondencia: un acuerdo entre dos, que como causa y efecto, hace que una primera carta condicione lenguaje y tema para su respuesta de parte del otro realizador; o no necesariamente. Es un juego entre dos realizadores que se vuelcan al principio de sus carreras cinematográficas, al principio de la imagen. A registrar aquello que consideran necesario, aquello de lo que tienen dudas. Es un diálogo que se va enriqueciendo a medida que avanza y que sobretodo -y lo sostiene Jonas Mekas- expone que el movimiento de las cosas genera un cambio en cada uno; que cada día, con cada carta o con cada imagen que pensamos, no somos los mismos. Nuestro pensamiento avanza. Las dudas e intereses compartidos, por ejemplo, entre los dos cineastas se van incrementando carta a carta. La imagen en movimiento da cuenta de una dialéctica en donde nos enfrentamos y discutimos con el mundo en busca de respuestas y de interrogantes, y estas cartas resaltan la necesidad del diálogo (visual, escrito, hablado) en ese enfrentamiento.

La correspondencia también es un ejercicio solitario, íntimo, donde cada realizador se une directamente con su cámara, su herramienta y traductora.

Para mi existe una necesidad de filmar. De documentar audiovisualmente mi vida, los lugares por los que paso, las personas que hacen parte de mí y aquellas que encuentro en las noches y en las calles, y las cuáles llaman mi atención. A veces no es sólo para la posteridad. En el encuadre reflejo mi interés hacia objetos y luces, propongo cuestiones estéticas y una mirada particular hacia el mundo. Filmar para vivir, filmar para seguir filmando, y filmar por el simple placer de observar.

Todos hacemos parte del cine, del espectáculo visual. Todos participamos, individual o colectivamente, a manera privada o pública, del registro de imágenes. Y todos estamos, por ende, en un diálogo con el mundo en el que nos preguntamos por sus formas y su orden secreto. Todos somos parte del cine ojo y nos expresamos y cambiamos día a día a través de él.

La vida y el mundo son mágicos a través del cine.

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cine=memoria

Escrito por Leandro Hernández

Han pasado un poco más de cien años desde la primera proyección realizada por los hermanos Lumiere en el café de los boulevares en Paris, el tiempo ha transcurrido con una velocidad impresionante, imparable, cuestionable hasta desesperante. El invento del cine, un invento que revolucionó la historia del arte, trajo consigo el registro de la memoria en movimiento, hasta la fecha la memoria estaba consignada como un elemento quieto, que por supuesto tenia y tiene un valor impresionante para la cultura; pero estaba quieto. La revolución surge en el momento que el ser humano, después de siglos, logra reproducir el movimiento tal y como lo percibe con los ojos, y allí estaban, esos parisinos de finales del siglo XIX, elegantes caballeros y emperifolladas señoras y señoritas, sentados frente a la pantalla y observando ese cinematógrafo que había llegado para entretenerlos. Y de un momento a otro se apagan las luces, empieza el sonido de ese nuevo aparato que a la vez que suena reproduce las imágenes mudas (solo sonaba la maquinaria), la llegada de un tren que algunos historiadores aseguran aterrorizó a toda la gente porque creyeron que el tren se iba encima de ellos, quién sabe, pero lo importante es que el ser humano estaba evidenciando ese movimiento del cotidiano enmarcado en la memoria, la llegada de un tren a su estación pasaba a la historia, también porque el concepto del tiempo adquiría otras proporciones , se daban cuenta que podían ver algo que ya había pasado y estaba reproducido, ese tren llegó días antes y ellos vieron esa llegada tiempo después, la memoria también adquiría otras proporciones, la imagen en movimiento ahora estaba retenida en las mentes.

Así pues, el cine se convertiría, al igual que las otras manifestaciones artísticas desde las orales, pasando por las plásticas y escritas, en memoria. Memoria que da cuenta de procesos históricos como “La llegada del tren (1895)” de los hermanos Lumiere, que evidenciaba el avance industrial del siglo XIX. La trayectoria sigue, no se detiene, la vida es un ir y venir de las causas y efectos que cada proceso trae consigo, sea individual o colectivo y el cine ha estado ahí para enmarcar dichos acontecimientos.  Por supuesto los hermanos Lumiere filmaban como mera distracción a la vez que utilizaban la herramienta para este objetivo, para distraer al publico, no tenían fe en su propio invento, decían que eso era una moda pasajera, inconscientemente dejaron su huella en la historia del arte, una huella que se mantiene, de alguna u otra forma, bien o mal, no pretendo juzgar ninguna obra, porque así mismo bien o mal quedan en la historia, y esta tiene un problema, no se puede borrar, la historia queda para siempre algo así como la muerte, la historia queda para toda la vida.

José Luis Guerin y Jonas Mekas, en sus correspondencias filmadas, nos traen una serie de sucesos de su cotidiano, filmadas y proyectadas quedan guardadas en la memoria automáticamente, esos momentos, que se envían el uno al otro, mostrando sus preocupaciones, sus confesiones y los dos  se hacen cómplices de la evidencia. Guerin un poco más lento que Mekas, pero solo por el manejo del montaje o de la narración, pero no dejan de ser igual de reflexivos, con el tiempo,  con la ciudad, con la memoria y por supuesto con el cine. Utilizan esa herramienta que al parecer era una “moda”, para salirse de lo convencional, fácilmente hubieran podido escribirse algunas cartas y enviarlas al domicilio del otro, pero utilizan el cine para comunicarse y se hace reciproco, claro, es un proyecto premeditado, pero los dos quisieron hacer parte de esa premeditación, pero aun sabiendo que iban hacer una película en la que se iban a enviar correspondencias el uno al otro, no sabían con que se iban a encontrar, así como esos primeros parisinos que tuvieron la posibilidad de ver esa primera proyección, se adentraron, se dejaron consumir y lo más importante, que no perdieron su capacidad de asombro, lo propuesto por Joseph Gardner en su libro “El mundo de Sofía”, asombro que se va perdiendo con el pasar del tiempo. Pero Guerin y Mekas estuvieron dispuestos y consagrados al acto de filmar y sorprenderse, en esperar la nueva correspondencia, que aunque sea para un individuo especifico, luego se hace para una multitud, porque el cine antes que nada se inventó para verse. Hoy, nos hacemos cómplices de esa causa-efecto, de esa acción-reacción, de una correspondencia que en principio no es para nosotros, pero justo en el momento de estar ahí, evidenciando las imágenes, evidenciando que le dice Guerin  a Mekas y viceversa, empezamos a ser parte de esto, de alguna manera respondemos a las cartas, respondemos con el hecho de quedarnos allí, esperando, siempre siguiendo las imágenes, y al final cada uno tendrá una percepción de lo que ha visto y la dirá o la callará, pero la sensación hacia la película será nuestra respuesta. Cada imagen, que nos diga algo, quedará en nuestra memoria,  así como recordamos ese instante que no vivimos, que no presenciamos, (“La llegada del tren”), pero cada vez que estamos o que vayan a estar, frente a esta película, estaremos frente a la imagen de la memoria, de la historia.

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