La figura de la persona antes que la del criminal

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Escrito por Leandro Hernández

Un ser humano encerrado en una especie de claustrofobia emocional,  por lo menos eso parece por momentos;  por otros,  un ser humano encerrado en la locura producida por la violencia monótona. Un ser humano que no sabe para dónde coger, si seguir por el camino de la criminalidad o retirarse; eso es Sonatine, una película que no basta con verla una vez,  que se tiene que ver otras veces, porque siempre trae consigo ese malestar propio de los individuos, el no saber si seguir haciendo las cosas por convicción o simplemente porque no hay otra salida. IDENTIFICACIÓN.  Takeshi Kitano nos trae la historia de un Yakuza que se quiere retirar del negocio, pero una cosa lo va llevando a la otra, sin dejarlo salir realmente, por el contrario solo lo sumerge más en ese mundo caótico por naturaleza, el de delinquir, el de cobrar las deudas con la vida; y me detengo a pensar por un momento: si es difícil vivir en un mundo bajo los parámetros de la legalidad, me imagino cómo será vivir bajo la ilegalidad y aun así,  Kitano,  con ésta propuesta no juzga, ni tiene prejuicios de ningún tipo, solo nos muestra la vida de un ser humano encerrado en sus pensamientos contradictorios, en sus actos cometidos por pura causalidad.

Takeshi Kitano nos pone cara a cara con la figura de un antihéroe,  con el que nos sentimos identificados, porque este mafioso antes que nada es una persona, que siente, que tiene miedo, que sobrevive; todos los seres humanos no somos completamente buenos ni completamente malos, solo actuamos y hay unos actos que son moralmente aceptados y otros no,  pero cada cosa que hacemos tiene un efecto  sobre otros, sobre el entorno al  que estamos expuestos, es una cadena, una cosa nos va llevando a la otra y en algún momento vemos que no hay reversa, que toca seguir. El personaje interpretado por Kitano, es esa persona, que no es el mártir de la historia, quien después de mucho sufrir triunfa sobre las adversidades, él siempre triunfa,  es el jefe de su pandilla u organización delictiva, está protegido por sus súbditos, tiene respeto, su mayor conflicto es consigo mismo, verse encerrado en una situación violenta día tras día, no salva a nadie, solo en su posición egoísta se salva  así mismo, haciéndole un llamado a la muerte. En algunos momentos se ve que lo único que quiere es divertirse, como alguien común y corriente, pero las circunstancias no lo dejan.  Por eso digo que nos identificamos, porque en algún momento solo queremos reír, salir, respirar el aire que nuestras vidas han ido perdiendo por ese encierro al que nos somete el sistema, que nos obliga a seguir unos parámetros, intentamos desesperadamente salir pero de nuevo hay algo que nos arrastra a ese agujero.

La importancia de las mujeres en los filmes, se me hace de suma importancia, como diría J.L Godard, “Para hacer cine, solo se necesita un arma y una mujer”, y me parece importante rescatar esto, porque es gracias a una mujer, que este personaje frio y cruel de jefe Yakuza, pasa a otro plano, nos deja ver otra faceta, de confianza, de tranquilidad cuando está con la mujer,  él le confiesa a la chica cosas que no le dice a otros, nos enteramos de cosas muy recónditas en sus recuerdos gracias  a la mujer,  que lo acompaña día tras día, el papel de la mujer es el papel de la fuerza. Me gustan más las películas cuando hay una mujer de por medio, porque ellas fácilmente lo construyen o lo destruyen todo, de forma elocuente, de forma en la que nadie puede hacer nada, solo dejarse llevar, en esta película si hay algo más fuerte que las balas, que los gritos y la sangre, es la imagen de una mujer que ve en el delincuente a una persona de fiar, a tal punto que es capaz de quitarse la camiseta mojada por una lluvia durísima, y dejar ver sus senos, sabiendo que el otro no va a ser capaz de abusar de ella, por el contrario, esta escena termina con una muestra de alegría, de burla por la misma situación, pero no una burla que atenta contra el otro, sino una burla que deja ver esa fuerte relación que se ha gestado, no como una muestra de enamoramiento, por lo menos no hago esa lectura, pero si de afecto, de agradecimiento.

Creo que la importancia de Sonatine, a nivel narrativo, es decir, la importancia de la historia, sin irnos a niveles técnicos o estéticos, que por su puesto son importantes en esta obra, su fuerza  radica en que es una película que se centra en el valor humano, en mostrar la figura de la persona antes que la del criminal, (cosa que deberían aprender varios escritores colombianos). Todos somos parte de una sociedad indómita, que no trae garantías, que juzga, que sataniza, que excluye y en algún momento debemos elegir; unos eligen componer música, otros eligen hacer películas, otros deciden ser policías, otros deciden matar (sin ser policías), y cada cosa trae consigo una causa, que se encadena una con  otra, tanto a nivel individual como colectivo, de lo micro a lo macro.

Este personaje del jefe Yakuza, eligió, quiere elegir otra cosa pero no puede, un personaje que es una mezcla de recuerdos, de claustrofobia, locura, alegría, tristeza, afecto, venganza, emociones que se han ido desarrollando por cada uno de los momentos, que aunque pequeños, son los trozos de una vida marcada, que persigue, que no deja tranquilo, que estigmatiza. Aunque es una película violenta,  no es el tema principal, sino el de un ser tratando de escapar  de su propia realidad. Un ser humano, antes que un criminal.

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Sangre y mar y mucho humor

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Escrito por Juan Camilo Moreno

Sonatine, como otras de las historias de Takeshi Kitano, gira alrededor de la figura de los Yakuzas y del crimen organizado en Japón. Los Yakuzas, la policía, el negocio del juego y las drogas, y una milenaria guerra entre el bien y el mal, entre lo correcto e incorrecto, y entre las bifurcaciones y mezclas entre ambos, están en el imaginario colectivo de lo que uno, de entre otras cosas, puede llegar a imaginarse cuando piensa en Japón.

En las películas de Kitano hay muchas pistolas y tiroteos. Parece que las calles de las ciudades japonesas no pudiesen estar vacías de balas, japoneses iracundos y muchos gritos, deudas por saldar, todo acompañado con referencias a la cultura moderna en la ropa, los edificios, las autopistas, y los bares y restaurantes que se parecen todos entre sí.

La ley se la hace cada quien, con su cuchillo o su pistola, a golpes y a patadas. Se dice que el cine de Kitano es violento y claro que lo es. Pero es mucho más que eso. No es sólo el cumplir una misión, rescatar a una chica o a un maletín lleno de millones de yenes. No ganan los buenos ni ganan los malos. El cine de Kitano –y refiriéndonos a Sonatine en especial – es más el de una parodia a la violencia, con todo el humor y todo lo absurdo que esta trae consigo.

Kitano en una entrevista habla de que los rostros de sus personajes están vacíos porque pretende que cada espectador les asigne emociones. Para mí en esos rostros, al disparar, al matar, al pelear, se ve el sin sentido, el tedio, la falta de razón con que ejecutan los asesinatos. Es como si disparasen desde pequeños, como si hubieran nacido haciéndolo. La falta de expresión y la falta de emoción justifican el único interés económico y estratégico de la guerra en la que se ven involucrados. Y es en esos rostros y en esa acción mecánica de los cuerpos al disparar y al caer muertos donde Kitano se burla de esas situaciones y las hace parecer ingenuas y torpes.

Takeshi Kitano se reserva para sí mismo el papel del jefe de una banda Yakuza que va hasta la isla de Okinawa para una supuesta lucha entre bandas criminales. Él evidentemente es un asesino que aparenta preocuparse por sus negocios y su estabilidad. Mata para protegerse a él mismo y para proteger a los suyos, una muestra de la lealtad a la familia que lidera. Pero Kitano de alguna manera también es un justiciero por más que tenga ganas de retirarse del negocio. Al Yakuza Kitano no se le ven sus negocios, sus intereses económicos; dónde está su casa, cuántas mujeres tiene? Nada, no hay nada. Sus compañeros son su familia, su clan, son quizá lo único por lo que vale la pena pelear. Kitano mata para salvar a la chica de la violación por parte del esposo, y mata finalmente para terminar con la vida de todos los malos, para terminar el engaño y para evitar la muerte de muchas más personas que se seguirán viendo inmersas en el conflicto de la guerra Yakuza. Kitano se toma el papel a sí mismo del encargado (casi sin quererlo o sin esperarlo en un principio) de hacer justicia y de desempolvar y terminar con todo lo inútil y estúpido de una guerra que beneficia a sólo unos pocos jefes pero que perjudica a muchas otras personas más.

De entre toda esta balacera tiene que haber un momento de quietud. Es necesario ver humanamente a los Yakuzas. Casi sorprendentemente, sin siquiera uno esperarlo, todos terminan de vacaciones refugiados en una casa en la playa mientras la situación en Okinawa supuestamente se calma un poco. Es allí, lejos de todo, lejos de los rivales, y en el mar (un lugar muy especial para Kitano donde cada uno se enfrenta a sí mismo, donde existe el diálogo, el juego, y la melancolía de ser uno ante el vasto mundo que está delante), donde todos los Yakuzas se vuelven niños de nuevo. El cine de Kitano vuelve a dejar de ser un mero cine violento para convertirse en un cine que habla de la soledad del ser humano, de los muros infinitos que cada uno se crea en las ciudades, en los trabajos, en la guerra. En el mar y a modo cómico, con gags, juegos y bromas, los personajes se conocen verdaderamente entre sí. Esas vacaciones, tan merecidas quizás, reivindican la figura individual de cada uno, su necesidad de comunicación con los otros, de amor, de amistad; representan al ser humano que en el fondo y en la esencia no es más que un niño. De nuevo un paralelo absurdo y cómico a la violencia.

La comedia y la violencia están muy cercanas. La comedia dentro de la violencia no sólo hacer ver a la violencia absurda, sino también es aún más cómico encontrar situaciones de risa y de gags en un lugar tan inhabitual de comedia como es la violencia.

Kitano cumplió con su deber. Conoció a sus amigos y compañeros, amó, jugó, peleó, rió y mató. La muerte es un lugar al que hay que llegar. Kitano se suicida sin culpa, sin drama, sin miedo; se suicida satisfecho, habiendo conocido la vida y la muerte.

Es esa imagen del suicidio la que ya había soñado y la que resulta más poética en la película. Misteriosa y bella. Con risa y con sangre. Una imagen que bien vale el significado de toda la historia.

La inmovilidad cómica de muchos personajes, un estilo muy definido, fueras de campo, una música que narra sentimientos; colores, encuadres, risas, y comunicación con pocas palabras. Un balazo en la cabeza de cada uno, una gran obra con amor y dolor, sangre y mar y mucho humor.

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